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Al canon se llega…

Al canon se llega…

 

Axel E. Retif

 

1. La fuerza del español está en Latinoamérica

Don Víctor García de la Concha fue elegido director de la Real Academia Española en 1998; lo fue hasta el 2010. Su periodo al frente de la Academia ha sido, a mi parecer, el más dinámico en la historia de la corporación. Y el más incluyente: ahora la Gramática y la Ortografía oficiales no son obra de la institución española, sino de la Asociación de Academias de la Lengua Española (entre ellas, por supuesto, la Academia Mexicana de la Lengua). Él mismo lo dejó claro al inicio de su gestión: “La fuerza numérica del español está en Latinoamérica, y eso no hay que perderlo nunca de vista”.[Véase “El filólogo Víctor García de la Concha dirigirá la Academia Española del siglo XXI”, El País, Madrid, 4 de diciembre de 1998.]

García de la Concha atribuyó desde un principio este nuevo rumbo de la Real Academia a su antecesor, don Fernando Lázaro Carreter. Es cierto que Lázaro Carreter fijó esta nueva política, pero también es cierto que fue el propio García de la Concha, como secretario de la Academia bajo la gestión de don Fernando, quien se encargó de instrumentar las primeras medidas.

 

2. El defensor

Amén de este viraje —trascendente, sin duda—, para mí una de las principales características de García de la Concha se deja ver en una frase que él repetía sin cesar: Al canon se llega, no se parte de él.

Siempre fiel a su probidad intelectual de dar el crédito correspondiente, don Víctor atribuía esta frase a Pedro Salinas (1891-1951). No encuentro, sin embargo, el enunciado en Pedro Salinas, aunque sí la idea; más bien me parece una muy elegante paráfrasis de la oración original de Salinas:

 

…de la lista no se parte, como querrían los abogados de las centenas; a la lista se llega. [Pedro Salinas: El defensor, Alianza Editorial, Madrid, 1984, p. 167.]

 

Pero ¿a qué “centenas” se refiere Salinas?, ¿a qué “lista” (o “listas”, como veremos abajo)? Pues a las dichosas relaciones de «Las cien obras cumbre de la literatura universal», que aparecían en los tiempos de don Pedro Salinas y siguen apareciendo en los nuestros.

En El defensor —concretamente en el capítulo 2: “Defensa de la lectura”— hace Salinas un examen de lo que implican estas listas. Para empezar, no coinciden: cada autor de estos listados tiene distinta idea de cuáles son las cien obras señeras de todos los tiempos. Por supuesto, hay algunos títulos que aparecerán en casi todas: la Biblia, la Divina comedia, el Quijote y Hamlet; otro rasgo de ellas es que, como muchos de sus pergeñadores son anglosajones, un tercio o más de las obras que allí aparecen son de autores anglosajones; y un muy largo etcétera.

Para don Pedro Salinas el problema es que en las escuelas se enseñan las letras, pero

 

…ya no se enseña a leer. [Y luego] cuando esos párvulos salen de su parvulez y ya están bien creciditos y con los huesos duros, lo único que se nos ocurre es ofrecerles los tres o cuatro mejores libros del mes o los cien y pico mejores de todos los tiempos.[Pedro Salinas: El defensor, Alianza Editorial, Madrid, 1984, p. 170.]

 

Y ¿qué sucede hoy en día con los niños de primaria? En vez de que lean cuentos que aviven su imaginación, en vez de que escriban sus propios cuentos que desarrollen su creatividad, tienen que memorizar terminología gramatical y lingüística que muy poco o nada comprenden. Después, cuando llegan a secundaria, tienen que leer un capítulo del Quijote o un fragmento de la República, etc., que, por supuesto —sacados de contexto, y sin haberse ejercitado por gusto y con gusto previamente con cuentos—, no entienden; y terminan convencidos de que Cervantes y Platón son lo más incomprensible y aburrido que puede haber.

García de la Concha insistió en ello:

 

Llamamos permanentemente a replantear el sistema de enseñanza, que en el campo de las humanidades ha tendido a atiborrar la mente con reglas gramaticales, cuando lo importante es contagiar el gusto por la lectura.[Véase “La unidad de la lengua”, El Mercurio, Santiago de Chile, 13 de septiembre de 1999.]

 

Décadas antes lo había expresado también el gramático Rafael Seco, con hincapié en la redacción de composiciones propias por parte de los infantes y adolescentes:

 

Hasta los catorce o quince años no deben darse a los niños nociones gramaticales sistemáticas, so pena de la más absoluta ineficacia. […] En cambio, lo que sí es absolutamente necesario es que […] se sustituyan los estudios de Gramática con los de Lenguaje, hoy lamentablemente confundidos. En vez de terminología gramatical incomprendida y fatigosa, ejercicios de redacción y composición, gimnasia lingüística mucho más provechosa, que amplía el léxico de los escolares y desarrolla sus facultades de expresión.[Rafael Seco: Manual de gramática española, Aguilar, Madrid, 1967 (9a. ed.), p. 5.]

 

3. No hay camino…

Todos tenemos que leer muchos textos por obligación (desde manuales hasta muy sesudos tabiques de materias arcanas); y eso está bien: quien estudie filosofía tendrá que leer obras de algunos filósofos con los que no esté de acuerdo y que le parezcan insufriblemente densos.

Pero también es indispensable, para el desarrollo del alma, del espíritu, de la psique o como quiera llamársele, que cada quien, de la cuna a la tumba —o del jardín de niños a la tumba—, dedique un rato cada día a leer lo que le venga en gana: a quien le apasionen las vidas de personajes famosos, biografías; quien se sienta atraído por cuestiones de ciencia, acaso Cosmos de Sagan; quien se emocione con películas y series sobre el futuro, sin duda disfrutará de cuentos y novelas de ciencia ficción; quien guste de la poesía, acaso Borges o sor Juana…

Y que nadie se sienta mal por dejar un libro que había pensado le iba a interesar: estos momentos de lectura deben ser por gusto y con gusto.

Tampoco se sienta menos quien prefiera cuentos de Asimov a la Divina comedia: ya le llegará, si alguna vez le llega, su turno a Dante. Volviendo a la frase de García de la Concha, al canon se llega, no se parte de él.

La lectura por obligación es buena y desarrolla el intelecto, pero la lectura por gusto y con gusto desarrolla la sensibilidad, la imaginación y el intelecto.

No hay, sin embargo, una guía universal; es totalmente individual. Y ni el mismo individuo puede predecir a dónde lo llevarán sus lecturas dentro de cinco años —o dentro de un año—, pues en estas cuestiones

 

caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.[Antonio Machado: Campos de Castilla, «Proverbios y cantares, 29»]